Pectoral De Conexion al 7
Hay símbolos que parecen representar un rostro, pero cuya geometría guarda una historia que va más allá de la forma. En este pectoral, dos ojos dorados observan desde una superficie marcada por el tiempo, mientras tres esferas turquesa rodean un centro vertical que parece abrirse hacia otra dimensión. Las líneas convergen, los relieves se elevan y una estructura de trazos escalonados corona la pieza como si señalara el umbral de una apertura interior.
Su forma recuerda un rostro que contempla desde dos lados y, al mismo tiempo, permanece unido en un solo centro. Los ojos metálicos destacan sobre la superficie de tonos marfil y ocres; debajo, dos formas alargadas evocan alas, hojas o portales que se despliegan hacia los extremos. En el reverso, una figura de perfil, acompañada por una espiral, introduce otra imagen: la de un ser que parece recorrer un camino de transformación.
Durante la canalización de Irving Carranco, este artefacto revela una clave numérica: el 34, cuya suma conduce al 7. El mensaje vincula este número con la apertura a la conexión divina, a través del reconocimiento de cuatro elementos físicos y tres elementos etéricos. Siete dimensiones que, dentro de esta interpretación, se reúnen para expresar el paso desde la experiencia material hacia una percepción más amplia de la existencia.
El cuatro representa los elementos que sostienen la experiencia física; el tres introduce una dimensión de integración, una relación entre fuerzas que, al encontrarse, hacen posible una unidad. Así, el siete se convierte en el símbolo de un recorrido completo: reconocer aquello que nos constituye, encontrar el equilibrio entre sus partes y abrirse a una conexión que trasciende lo visible.
En el centro del pectoral, las tres esferas turquesa parecen acompañar esta idea. Dos se encuentran a los lados de la estructura central y una tercera ocupa el punto inferior, formando una composición que invita a contemplar la relación entre tres fuerzas. Durante la canalización, Irving recibe una frase que expresa esta unión: «Donde dos hagan por mí, ahí estaré yo».
La imagen remite a la trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; y también a la relación entre energía positiva, negativa y neutra. No se trata únicamente de fuerzas opuestas, sino de la posibilidad de encontrar un tercer punto capaz de integrarlas. Ese centro representa el equilibrio: el lugar donde las diferencias dejan de actuar como fuerzas separadas y comienzan a formar parte de una misma estructura.
La geometría del pectoral parece materializar esta enseñanza. Sus dos ojos dorados se encuentran a ambos lados del eje central, mientras las esferas y los relieves construyen una composición organizada alrededor de un punto de convergencia. La pieza invita a contemplar la importancia de equilibrar las polaridades interiores para abrir una percepción más amplia, simbolizada durante la canalización por el despertar del tercer ojo y la conexión divina.
El dorado ocupa un lugar esencial en esta narrativa. En los ojos y en el elemento metálico central, su brillo contrasta con los tonos envejecidos de la superficie. Irving lo relaciona con la energía primordial, la iluminación y aquello que perdura. Los ojos dorados no representan solamente la capacidad de mirar, sino una forma de conciencia que busca reconocer la esencia detrás de las apariencias.
Por encima de ellos, la estructura central se eleva como una corona. Sus líneas ascendentes evocan una apertura que parte del centro y se dirige hacia lo superior. En la canalización, esta forma se interpreta como la coronilla energética del ser: el punto simbólico desde el cual puede ampliarse la conciencia, emprender un viaje interior y abrir portales hacia nuevas experiencias de percepción.
Los orificios situados en la parte superior permiten reconocer su función como pectoral, una pieza concebida para portarse sobre el pecho. Esta posición añade otra dimensión a su simbolismo: el artefacto se sitúa cerca del corazón, mientras su geometría dirige la mirada hacia los ojos, el centro y la corona. El recorrido visual parece unir así el centro emocional con la percepción y la apertura espiritual.
En su reverso, el perfil grabado y la espiral evocan un movimiento que continúa más allá de la cara visible. La espiral puede contemplarse como una imagen de desarrollo, un recorrido que se despliega desde un centro y se extiende hacia nuevas posibilidades. Sin establecer una interpretación definitiva de cada grabado, su presencia complementa la narrativa de transformación que atraviesa la pieza.
El mensaje de este pectoral no se limita a alcanzar un estado superior de conciencia. Habla primero de equilibrio, de integración y de la capacidad de reconocer cómo las distintas partes de nuestro ser pueden encontrar un punto común. La conexión divina, dentro de esta visión, no se alcanza mediante la separación de las fuerzas que nos componen, sino mediante su comprensión y armonización.
El Portal de la Trinidad representa ese instante en el que dos fuerzas encuentran un centro, tres elementos construyen una unidad y siete niveles simbólicos conducen hacia una apertura más amplia. Sus ojos dorados evocan la iluminación; sus esferas, la integración; y su corona, la posibilidad de elevar la percepción.
Un pectoral para quien encuentra en los símbolos un camino de autoconocimiento y reconoce que, a veces, la apertura hacia lo divino comienza cuando aprendemos a equilibrar aquello que vive dentro de nosotros.
Especificaciones
ALTO 8 CM
ANCHO 10 CM
ESPESOR 1 CM
PESO 122 G